VIII Jornada de Convivencia

CARTEL VII JORNADAS DE CONVIVENCIA

El río Nansa es uno de los ríos fundamentales del territorio montañoso cántabro. Tiene sus nacientes entre los pliegues de los macizos de Peña Labra y Peña Sagra, a unos 1.800 metros de altitud,  y se desenreda en un frenético caracoleo, bien surtido de frondosos hayedos, pueblos con estampa de postal, casonas añejas y praderías siempre verdes hasta desaguar su caudal en el Cantábrico a la altura de la localidad de Pesués. Allí rinde sus armas por todo lo alto dando lugar a la ría Tina Menor, un espacioso estuario de alto valor ecológico con casi 155 hectáreas y 17 kilómetros de perímetro. No es un viaje demasiado largo en kilómetros, 46, pero sí en sorpresas. Una de ellas, de gran éxito desde que se acondicionó en el año 2010, consiste en recorrer algunos kilómetros de sus orillas más íntimas a través de la conocida como Senda Fluvial del Nansa.

El paseo por las orillas del Nansa, que en este tramo está declarado como Lugar de Importancia Comunitaria y forma parte, por tanto, del conjunto de espacios protegidos de Cantabria, discurre en la actualidad entre las localidades de Muñorrodero y Cades. Son cerca de 14 deliciosos kilómetros sin apenas desniveles, bien acondicionados y señalizados, que tienen el aliciente de alcanzar, al final del recorrido, la recientemente rehabilitada ferrería de Cades. Otra opción, para los menos andarines, es partir en dos el recorrido total, más o menos por la mitad, realizando los tramos que van desde Muñorrodero hasta la central hidroeléctrica de Trascudia, hasta la que existe acceso por carretera, o desde la central hasta el final de la senda en Cades.

La ferrería que encontramos en esta localidad, una de las mejor conservadas de Cantabria, es un vestigio de los tiempos en los que abundaban este tipo de ingenios hidráulicos junto a las aguas del Nansa,  gracias tanto a la fuerza que propiciaba el empuje del curso fluvial como a la abundancia y calidad de los bosques que se extendían por las laderas de su cuenca. Tanto es así, que el propio municipio en el que se ubica la población -y por el que discurre buena parte de la senda- se llama Herrerías. De esta, en concreto, se sabe que acabó de construirse en 1752 y el interés de la visita estriba en poder verla en funcionamiento, aprender sobre el oficio tradicional de herrero y descubrir cómo era necesario captar las aguas del río cauce arribe para conducirla hasta el ingenio con fuerza suficiente como para que moviera el mazo y los fuelles que avivan la fragua. La ferrería forma parte de un conjunto de construcciones tradicionales compuesto por un par de molinos harineros que compartían con la ferrería el empuje del agua para su funcionamiento, y una panera, también de hechuras tradicionales, que cumplía una función semejante a la del hórreo. En el otro extremo de la senda, Muñorrodero, un pequeño parque al aire libre con tirolina incluida puede hacer las delicias de los más pequeños.

El recorrido de la senda, se haga como se haga, discurre en su mayor parte por las viejas trochas que los pescadores han ido desbrozando a fuerza de uso, solo que en su acondicionamiento como sendero señalizado ahora han sido dotadas de pasarelas de madera y escaleras talladas en la propia roca para salvar los tramos más comprometidos.

Qué duda cabe que así, bien asistidos de barandillas y sin necesidad de trepar por las rocas como una hiedra, el paseante puede concentrarse en lo que más interesa a quien se adentra por estos vericuetos fluviales, que es disfrutar de las magníficas vistas que se ofrecen del río de vez en vez y de las bondades naturales que se anuncian en un cartel al comienzo del recorrido. Esto es, un magnífico bosque de ribera formado por alisos, fresnos, sauces, espinos o laureles y, en los tramos en los que el sendero se despega de la orilla, densos bosquetes de encina que, a buen seguro, son supervivientes de los que antaño sirvieron para alimentar tanta fragua voraz como por aquí se dio. El catálogo de especies animales que cobijan ahora estas orillas está formado por el desmán ibérico, nutrias, salmones, lampreas marinas, cangrejos de río y hasta ese espectacular escarabajo aviador conocido comúnmente como ciervo volante (Lucanus cervus), uno de los insectos más grandes y vistosos de la fauna ibérica. Prueba del cuidado con el que se ha diseñado el recorrido es que hay tramos en los que, según el nivel del caudal que lleve el río en ese momento, se ofrecen dos variantes que vuelven a confluir después, una más pegada a la orilla y otra que discurre algo más alejada entre prados y encinares.

Cumplida la peregrinación por estas orillas tan propicias para el ensimismamiento y el deleite natural es más que probable que aún sobre tiempo para continuar la exploración en coche, tejiendo y destejiendo el enredo de carreterillas que permiten acceder hasta los lugares más remotos de esta parte del curso bajo del Nansa. Uno de estos es la población de Cabanzón, en el que perduran una mazacótica torre medieval, evidencia del poderío territorial que detentaban determinadas familias nobiliarias en estos lares, y una encina que de tan grande y añosa es conocida como la Encinona y está catalogada como Árbol Singular de Cantabria. Hacia la otra orilla queda Bielva, con una iglesia del siglo XVI. Esta localidad, como otras muchas de toda la comarca, se encuentra incluida dentro del territorio llamado Ecomuseo Saja-Nansa, cuyo centro de recepción se localiza en la llamada Casa del Arzobispo o de la Coronela de Puente Pumar. Las instalaciones de esta casona, con cerca de 1.000 metros cuadrados, persiguen dar a conocer el valioso legado patrimonial y etnográfico que alberga -y aún pervive- en el territorio.

Otra de las sorpresas que aguardan, aún sin abandonar el curso bajo del río, es la espectacular cavidad turística de El Soplao, a la que se accede desde la localidad de Rábago. Está considerada única en su género por la calidad y cantidad de sus espeleotemas, que es como se llama con propiedad científica a las formaciones geológicas que caracterizan el interior de las cuevas naturales. En ésta destaca la abundancia de las llamadas excéntricas, protuberancias minerales formadas por el continuo goteo propio de las cavidades kársticas y que parecen pequeñas explosiones petrificadas para la eternidad con el arte de algún hechicero caprichoso. El mayor asombro lo causa que parecen creadas sin atender a la lógica de la gravedad.

Entre las peculiaridades geológicas de estas cuevas esta también el hallazgo, en 2008, de yacimientos de ámbar asociados a ellas. Su singularidad estriba tanto en la antigüedad de estas resinas fosilizadas hace 110 millones de años como en la abundancia de organismos que quedaron atrapados en ellas, lo que permite descubrir el muestrario de pequeños seres vivos que pululaban por este mismo lugar en el Cretácico Inferior.

Pero El Soplao es también una cueva especial por otra cosa: se trata de una cavidad que es mitad cueva, mitad mina. De hecho el descubrimiento de la cavidad natural se produjo en 1908 en el transcurso de las explotaciones mineras de zinc que se realizaban en la zona. El nombre de El Soplao deriva del argot utilizado por los mineros para denominar las corrientes de aire que se producen al abrir los boquetes que ponen en contacto las distintas galerías. Aquel descubrimiento casual tampoco tuvo una mayor relevancia hasta que los espeleólogos comenzaron a explorar detenidamente en 1975 el conjunto de galerías naturales que se desenreda a lo largo de más de 20 kilómetros. A estos hay que sumar los cerca de 26 kilómetros de las antiguas galerías mineras. Un laberinto subterráneo del que la visita turística recorre algo menos de dos kilómetros en lo que resulta tan solo pequeño ejemplo de lo que esconden -y ofrecen- ambos mundos.

Comentario de: siempredepaso.es

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Proyección de film “Cuenta conmigo”

 

SINOPSIS

En un pequeño pueblo de Oregón, cuatro jóvenes amigos emprenden una aventura en busca de un muchacho desaparecido. Jugando a ser héroes, el sentimental Gordie, el rudo Chris, el extravagante Teddy y el miedoso Vern se adentran en un ambiente hostil en el que deberán valerse por sí mismos.

ANÁLISIS

Cuenta conmigo es la aventura que todos hemos querido vivir, no muy lejos de la realidad. Es la vivencia de 4 amigos en busca de lo que esperan ver, un hombre muerto. Ganas no les faltan, los medios son suficientes y tienen tiempo de sobra en un verano de esos en los que en la primera mitad das gracias por el descanso del estudio y en la segunda suspiras por volver a estar ocupado. Así que sin ataduras, sin restricciones por donde pueden ir, donde pueden acampar, ni de qué hablar; sentirse libres, una sensación que ansiamos muchas veces experimentar pero pocas veces surge al completo; emprenden su viaje. No es un viaje largo, ni complicado (en cierta medida), ni tampoco peligroso. Es tan solo un viaje de entretenimiento, de emociones, de placer, como he dicho, de libertad.
Menudo rollo que suelto, si solo es una excursión de nada, se puede pensar. Yo no lo veo así, me ha parecido exactamente el rollo que he soltado en el primer párrafo, es una excursión, pero más especial.

¿Por qué es tan especial -a parte del hecho de que están buscando a un muerto-? Lo debería ser si se nos presenta al principio a Richard Dreyfuss observando un periódico entristecido y entonces empieza a contar la historia, puede serlo también por la profundidad de cada uno de los personajes; por los sucesos, desde los que tienen que ver con Kiefer Shuterland hasta los mismos retos que plantea la excursión en sí (La escena entera del pantano es demasiado); o incluso lo sería por lo que transmite, al menos a mí, de volver a esa edad, llamar a los amiguetes, coger mochila y comenzar a andar por la montaña hasta caer rendido, montar una hoguerita y comentar la jugada hasta que entre el sueño.

Es curioso que siendo Stephen King conocido sobretodo por sus novelas de terror, las mejores películas que se basan en sus libros son, la mayoría -respetemos a El resplandor-, dramas sin terror alguno (o apenas), como son Cadena Perpetua, La milla verde, o Cuenta conmigo. Así que ya hay otra razón por la que ésta película se sostiene, goza de una muy buena historia, incluso con historietas de lo más divertidas (La del gordo cometartas que se inventa Gordi es un fantástico descanso a la historia principal). Otra razón:  Rob Reiner, en sus buenos inicios, antes de caer en la comedia romántica de finales de los 90 que le dan un bajón a su carrera (Aunque hace poco haya resurgido con The bucket list o Flipped), lleva lo que nos deja Stephen King por el buen camino, consiguiendo una buena película de un la buena historia que ya teníamos. ¿Más? Podemos añadir las actuaciones de un reparto más que prometedor, encabezado por el desaparecido Wil Wheaton (Sí, es ese de The Big Bang Theory), el -descanse en paz- que iniciaría su carrera hacia el estrellato, River Phoenix, junto con un Goonie con bastantes papeles en los 80, 90 cuando era adolescente (Teddy) y el gordito que ya no lo es tanto con papeles bastante flojeras. Acomapañados de el macarra Kiefer Shutterland o un fugaz John Cushack, al igual que Dreyfuss, los tres con papeles importantes e imprescindibles. Ya acabando, la sazón es la música que suena continuamente, éxitos de los 50 que nos ponen más en onda, emocionarnos y motivarnos y nos hacen hasta menear las piernas cuando no nos ven.
Entre escenas me quedaría con la del tren en el puente y la del pantano, pero todos esos momentos con ellos charlando de cosas sin importancia son demasiado.

Pero bueno, dejémonos de las partes de la película y volvamos a ella entera, que en esencia es lo comentado al principio. ¿Una oda a la amistad? No sé, he visto películas con una amistad más potente. Espera, pero no he visto ninguna con una más real (Bueno, no recuerdo ninguna), como sabemos al final, hay amigos que han calado muy hondo en según que situaciones y luego tan solo les saludamos al verlos por los pasillos del instituto. Con otros sigues en contacto, pero pocas veces es como antes. Evidentemente lo de los 12 años es aquí, puede variar bastante, pero esta película nos deja una de las últimas frases más destroyer de una película, después de haber visto todo esto que han vivido, volvemos Dreyfuss soltándonosla.

Y es como una patada. Al momento nadie lo piensa, pero es en el recuerdo cuando uno se lamenta o más bien puede enorgullecerse de esos momentos tan especiales entre amigos, que en realidad son los que tienen un gran papel en la formación como persona. Una simple excursión, una acampada en el bosque, una búsqueda de la aventura, todo eso emite la película y lo consigue en un servidor por lo menos.

elseptimoarte.net

Lo que se vio en las VII Jornadas de Convivencia

Muchas gracias a todos por vuestra participación.

Realizasteis un gran esfuerzo todos, pero queremos hacer una mención especial a los más pequeños, Triana y su hermana Marta, Abraham, Iván, Adrián, Ángela, Laura, Daniela H., Mª del Carmen, Daniela O. e Iker. Y a las mamás y amigos que les ayudaron, Mª Jesús, Esther Diego, Alicia, Ana Belén, Lourdes y Rafa M.

Esto es lo que pudimos disfrutar.